Disfunciones sexuales masculinas
Las disfunciones sexuales ocupan gran parte de la preocupación
del hombre moderno, y la experiencia personal suele tornarse
frustrante, secreta y vergonzante.
Problemas sexuales
Las disfunciones sexuales ocupan gran parte del caudal de preocupación
del hombre moderno. Si bien es un tema que circula "abiertamente"
por los medios de comunicación, la experiencia personal
se transforma, la mayoría de las veces, en un relato
frustrante, secreto y vergonzante.
Los mitos acerca de las disfunciones sexuales masculinas comparten
su multiplicidad con la mitología sexual que marca nuestra
cultura: se ve, se escucha y se sabe, pero los temores remiten
a lo primitivo y a lo profundo.
Nuestra naturaleza se encarga de brindarnos un legado genital
que ayuda a la hora de nuestras definiciones sexuales; pero
ni alcanza ni es suficiente por sí mismo. La genitalidad
no es garantía de una determinada identidad sexual. Nuestra
identidad sexual se imbrica profundamente en una urdimbre social
y cultural que define género. Lo masculino y lo femenino.
Y las disfunciones sexuales se entroncan, muchas veces, con
este mandato de género que determina no solamente comportamientos
sociales sino también -comportamientos y performances-
sexuales.
Así como se habla de frigidez femenina, vaginismo o trastornos
menopáusicos, encontramos la impotencia masculina, la
eyaculación precoz y el climaterio. Las disfunciones
no prefieren sexo, si bien es cierto que la naturaleza del orgasmo
en la mujer le permitiría no hacer evidente al menos
la frigidez. Una mujer puede, incluso para salvaguardar su identidad
sexual, fingir orgasmos. La disfunción sexual en el hombre
es evidente, inocultable y por eso mismo, atemorizante y ansiógena.
Causas
Las últimas investigaciones concuerdan que en un porcentaje
que va del 80 al 90% de casos de impotencia masculina responden
a una etiología orgánica, quedando un margen del
10 al 20 % que remiten a una etiología psicológica.
Sin embargo, aún en un caso de clara naturaleza causal
orgánica, los resultados pueden ser angustiantes y generadores
de ansiedad, la fantasía acerca de la potencia masculina
se inmiscuye aún en un diagnóstico médico.
No debemos olvidar que nunca hablamos de una disfunción
sexual, sino de un hombre -o una pareja- que sufre los efectos
de dicha disfunción o problema de manera particular y
singular.
Entre las causas más habituales (orgánicas) se
encuentran:
o daño muscular o arterial como resultado de una enfermedad
o diabetes, enfermedades de riñones, trastornos sanguíneos
o ingestión de determinados medicamentos
o trastornos endocrinos
o efecto de procedimientos quirúrgicos
o abuso de sustancias (alcohol, tabaco, drogas)
En el procentaje restante (el 10 al 20% de los casos) hablamos
de etiología psicológica, de las que se reconocen
como las más habituales:
o estrés (con su compromiso orgánico severo)
o ansiedad
o sentimientos de culpa, inferioridad, baja estima
o temor en el momento del encuentro sexual (no poder)
o Situaciones sexuales vividas como traumáticas (encuentros
sexuales frustrantes, agresivos, etc.)
Hay que destacar que muchas veces en los casos de causa orgánica
de la impotencia se asocian a una causalidad primaria, estos
factores psicológicos, complejizando el cuadro general.
¿Qué hacer?
En realidad parte del proceso diagnóstico de la impotencia
sexual (o de las disfunciones sexuales) incluyen, además
de un examen médico minucioso, una anamnesis (historia)
completa que profundiza la vida sexual del paciente. A través
de una descripción de la dificultad se puede inferir
diagnóstico: si se trata de problema de impotencia (
incapacidad de lograr y mantener la erección) de eyaculación
precoz o tardía o relacionado específicamente
con el deseo sexual.
Es importante trabajar -si el perfil es netamente psicológico-
en conjunto con la pareja, explorando ideas y propuestas comunes,
explicitando miedos y tabúes.
Es importante asimismo remover los tabúes acerca de cuestiones
absolutamente arraigadas en nuestra sociedad: tamaño
del miembro y fantasías acerca de ello, tipo y número
de actuaciones sexuales, impotencia "como preaviso"
del envejecimiento, mala experiencia como precursora de una
actividad sexual angustiante, etc.
Bajar la ansiedad -y la obligación- de mantener relaciones
sexuales genitales, puede aliviar la tensión y la ansiedad
que provoca la necesidad de cumplir. Muchas veces esto alcanza
por sí mismo para generar el trastorno y sostenerlo.
Los tabúes no ayudan en este campo, pero si puede hacerlo
una acertada decisión de consultar con un especialista.
Puede significar un camino de retorno mucho más corto
que lo imaginado.